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martes, 13 de enero de 2009

Responsabilidad o confusión


Mi profesión me confronta todos los días con lo errático de la naturaleza humana. Escucho a gente que habla de las cosas que les pasan, les hacen o les dicen. Sus padres no los entienden, sus parejas los ignoran, sus amigas las envidian, etc. El mundo, de una manera o de otra, inevitablemente, está en su contra.


Estas fabulaciones pueden ser de lo más absurdas. Sin embargo, las personas que las crean consideran que están escritas en piedra. Tienen la certeza de una ley. El discurso de "Soy una víctima, pobrecito de mi", aunque causa mucho sufrimiento y dolor, es la forma en que mucha gente ha elegido vivir su vida.


Ir a terapia implica encontrar un nuevo orden. Implica encontrar la responsabilidad de la propia conducta. Algunas personas lo logran más que otras. Unas empiezan donde otras terminan. Cada proceso es distinto. Los terapeutas también tenemos que lidiar con nuestras fabulaciones y sentimientos de víctima que , en teoría, hemos trabajado en nuestras propias psicoterapias.


Pero ¿Hasta que grado puede alguien responsabilzarse de las experiencias? Algunas personas, denominadas depresivas por los psiquiatras, se responsabilizan de absolutamente todo. Hasta lo que no comen les hace daño. Los narcisistas en cambio, no se responsabilizan de nada.


Inevitablemente me pregunto ¿Qué tiene que aprender una persona en su infancia para que más tarde, pasado el narcisismo infantil, pueda adquirir responsabilidad? ¿Porqué algunas personas a las que uno no les auguraría más que la repeticion de patrones desdichados y enfermos por el ambiente en el que han crecido, sorprenden por su integridad psíquica e introspección sobre su propia conducta?


Últimamente, por diversos sucesos que han ocurrido a mi alrededor, me he cuestionado si hay personas que simplemente no estan destinadas a responsabilizarse de nada. Complican las cosas, hablan mal de las personas que las quieren, mienten y se juegan en un eterno periplo de engaños.


¿Habrá gente que es por naturaleza perversa y viciosa? ¿Existirá un gen que determina nuestra capacidad de empatía y responsabilidad? Me inclino a pensar que si. Que quizá somos mucho más que las experiencias que hemos acumulado en el viaje. Algo nos precede y nos determina.


Eso quiere decir, que por mucho que me pare de cabeza, siempre habrá un límite para lo que yo pueda hacer por mis pacientes. Eso es un buen límite al narcisimo. Más vale ser humilde...

lunes, 17 de marzo de 2008

Visitas Pendientes


Tenía un asunto pendiente. No me gusta tenerlos. Los siento como ojos que miran detrás de mi cabeza.

Y así sentía ésto, como un gran peso. Debía una visita. Siempre había un pretexto para no ir. Los niños, el trabajo, las ocupaciones. Hasta la falta de estacionamiento en reforma.

Lo cierto es que lo había pospuesto porque me duele todavía. Me duele pensar en la vida de mi amiga que terminó mucho antes de lo que debía. Me duele imaginarme como estaría ahora a sus casi cuarenta años. Me duele que mis hijos no la conocieran. Me duele todo lo que le faltó por hacer y todo lo que me faltó decirle.

Casi 10 años han pasado y por fin regresé. Había seguido el camino de esta colección que lleva su nombre y que tiene la edad de mi hija, pero no la había visitado. Lo hice el domingo.

Me di cuenta que el tiempo cambia lo circunstancial y lo superfluo. No lo esencial. Los cuadros de Remedios (así me refiero a ella, con su primer nombre, como lo hacía Isabel) siguen moviendo en mí algo que no puedo traducir en palabras. Así me sucedió desde la primera vez que vi "El alquimista" colgado sobre la misma pared en que descansaba el piano que mi amiga tocaba con sus lindas manos, de las cuales estaba un poco envanecida.

La generosidad de sus padre al explicarle a un montón de adolescentes hormonales la obra de Remedios, es algo de lo esencial que me conmueve a pesar de todos los años que han pasado. La misma generosidad que demostró al donar parte de la obra de Remedios al Museo de Arte Moderno para que el mundo se fascine con sus pinturas igual que me pasó a mí hace más de 20 años.

Y como lo esencial no cambia, a veces el afecto permanece intacto. El mismo que compartí con una Isabel adolescente y llena de sueños, ansiosa por comenzar su vida. El intercambio intelectual de dos colegas. Pero sobre todo, el cariño de una amiga incondicional.

Diez años después regresé. Y su nombre escrito llenó mis ojos de lágrimas. Como el primer día de su ausencia.






Testimonio de la visita que débía





El nombre de Isabel en el párrafo de enmedio



viernes, 15 de febrero de 2008

Las voces de mi parque

Lentamente abro la puerta cobriza de metal pesado y grueso, herencia de los anteriores dueños de la casa. Nunca me gustó esa puerta. Sin embargo, no me atrevo a cambiarla porque inevitablemente me recuerda su impacto inicial y el mundo que descubrí la primera vez que atravesé su umbral.
La urgencia de los niños apresura mi movimiento. Empujo para abrirla (es muy pesada y se atora en el piso) y después de dos fuertes golpes, da de sí.
El parque se extiende ante mí como una gran masa de colores amarillos y ocres. Cuando lo conocí, sus colores eran distintos: verde en el pasto y las hojas de los pinos y negro en las orillas. En ese momento, la larga hierba me recordó a un muchacho rebelde que no quiere cortar su extensa cabellera, y que, cuando lo hace, vuelve a crecer casi de inmediato. ‘Mi parque es un adolescente’ pensé en aquel entonces sin sospechar que ese lugar se convertiría en muchas personas más.
Los niños parten a sus rincones favoritos: Paulina corre a la barda con las flores en forma de arete; Gerardo, con pelota en mano, se dirige a la cancha de baloncesto. El parque es suyo también. Suyo para jugar y pelear. Suyo para demandar mi mirada y aprobación con un gesto ensayado toda la vida. Es nuestro para perdernos y encontrarnos.

Acomodada en la desvencijada banca verde en la que suelo sentarme y a la que he decretado mía con una posesividad casi infantil, el viento revuelve mi pelo y altera el improvisado orden que le di antes de salir. Con una especie de radar interno trato de encontrar a los niños. Están en la orilla del parque, donde el pasto crece más grande, junto a la reja negra. Hershey, mi labrador chocolate, los pastorea al tiempo que encuentra una botella de refresco que dejó tirada alguno de los muchachos que jugaban fútbol unos minutos antes. Corre con la botella ignorando los llamados de los niños que le gritan para que recoja su pelota.
Alrededor de la banca que tiene mi forma, se encuentran pilas de hojas secas. Es muy probable que el dueño de la casa que da a esa parte del parque (al que seguramente no le gusta que me haya adueñado de la banca) hizo esos montones para recogerlos después. Me gusta pisarlos antes de sentarme. Imagino que me dan la bienvenida con el crujiente gemido que emiten al aplastarlos, como un amante frente al beso anhelado. Por un momento me invade el impulso de revolcarme en ellos. Me detengo, sin embargo. Imagino que ese parque viejo, disfrazado de ocre, cuyos árboles huelen a madera agria, me desaprueba desde los follajes amarillos y resecos, como un abuelo regañón que se enoja con el ruido de la risa.
Los niños se acercan desde el extremo de nuestro gran parque donde dibujaban claves secretas en el la banqueta. Traen ramas secas en las manos que les quedaron negras después de jugar con los restos de la fogata que los scouts hicieron el sábado pasado en el extremo izquierdo de la barda blanca llena de graffiti. Hershey los sigue sin soltar su botella casi destrozada a estas alturas. Quieren construir una casa para que duerman las palomas. Hace mucho frío en las noches. Mis niños son arquitectos de los sueños de las palomas. Las que ensucian el parque y que llenan las canastas de baloncesto, las porterías y los árboles con la dureza de sus excrementos.
Hershey, los niños y yo llevamos una parte del parque de regreso a la casa. Cargamos la hierba seca y amarilla adherida a nuestros zapatos, a nuestra ropa. Como si el parque-abuelo quisiera que lo recordemos aún cuando no estamos ahí. Como si peleara el olvido del frío y la resequedad dejando un poco de sí en mi familia. Es viejo. Necesita contar su historia. Lo hace a través de hierbajos inútiles que el viento se lleva al sacudirlos. ¡Qué triste parece en su grandeza este parque solitario! No hay niños que lo despierten con su risa y sus juegos. No hay parejas que lo calienten con sus furtivas caricias. Con la sutil tristeza que siempre me invade cuando lo dejo, jalo la gran puerta de metal cobrizo que se niega a cerrarse, quizá sacudida también por la nostalgia del que queda tras ella.


El trinar de los pájaros llega a mi cama a través de la humedad de la mañana. Abro lentamente los ojos que cargan una noche de insomnio. Me visto rápidamente y salgo en silencio para no despertar a los niños acurrucados y calientes en sus camas. Mi silencio no engaña a Hershey, que me mira atenta con las orejas levantadas. Casi a oscuras bajo las escaleras y atravieso la puerta del parque, con mi perra como única compañía.
El cielo es gris en este húmedo amanecer. La banqueta que rodea el parque, por donde camino a diario, se encuentra salpicada de la lluvia que cayó anoche y que otorga un extraño brillo al pasto cuando refleja la luz de los faroles todavía prendidos. Lanzo a la perra su pelota que me pide con fuertes movimientos de cola. El pasto es largo y muy verde, como cuando lo conocí. Adolescente y agitador. Hershey se pierde en él, sedienta de su tacto.
Camino rápidamente al tiempo que evito las pequeñas ramas que han caído de los árboles. Existe una sutil rebeldía en este parque. Se niega a mantenerse limpio. Su desorden me gusta, me llama. Me invita a perderme en sus caminos guardada sólo por mis pensamientos y sus ruidos. Mojarme desnuda en la hierba, perfumada en su aroma. Sin demandas que resolver. Sin refrigerios que preparar. Sin trabajos que calificar. Sin platos que lavar.
El tiempo apremia. Hershey corre por el parque. Busca la pelota que el joven parque no le dejará llevarse, como sucede siempre con las pelotas. Las atrapa y guarda en su enorme pelo, para entretenerse cuando nadie lo visita y la soledad lo abruma. A veces dejo que se las quede sin buscarlas. Me seduce lo clandestino de su conducta. Además, los jóvenes necesitan divertirse.
Entro a la casa después de dejar mi pequeño tributo. Pienso que es la época en que unos extraños bichitos se reproducen en los árboles del parque. Mis hijos los llaman wilis. En una ocasión Paulina me preguntó si podíamos tenerlos como mascotas. El parque sonrió, cómplice ante la demanda de mi hija. Quiere entrar a mí casa nuevamente. Secarse la lluvia. Reproducirse en mis pisos.
Como madre de un adolescente me resigno por ahora. El piso de mi cocina está lleno de lodo y humedad que Hershey y yo trajimos de nuestra caminata diaria.
Así son los muchachos. Todo lo ensucian.

martes, 4 de septiembre de 2007

Pasaje

Acostada boca arriba, con una sensación quemante en la garganta que llega a su boca dejando un sabor amargo, cierra los ojos ante una luz blanca que la deja ciega. El murmullo incesante de voces a su alrededor, como un panal de abejas zumbantes, la hacen desear que sus manos estén libres para taparse los oídos o cerrarlos igual que hace con sus párpados. Él le acaricia el pelo pegado por el sudor y el llanto.
—¿Estás bien?
Moqueando, asiente sin hablar. Sus manos amarradas a los lados, le recuerdan los cristos sangrantes en las iglesias de su infancia. No siente las piernas desde hace unos minutos. Tampoco percibe la pesadez de su vientre que empieza siempre como un ondulante balanceo, hasta terminar en una dureza dolorosa.

El médico dice que van a comenzar. El murmullo se transforma en música. Algún tipo de melodía instrumental que no conoce, o no recuerda. Su mente está embotada. La ansiedad y el llanto la invaden, sin dejar lugar para pensar en otra cosa. Otro zumbido. Mecánico esta vez. Y un olor desagradable…plumas quemadas, eso es.
—¿Qué me están haciendo?— Piensa casi en voz alta, como si pudiera gritar, como si su boca no estuviera cerrada en un tembloroso rictus para no llorar.
Como si adivinara la pregunta, una voz a su espalda explica:
—La están cauterizando, tienen que abrir muchas capas de piel y no queremos que pierda sangre.
Reconoce al médico que le insertó una aguja en la espalda cuando llegó al quirófano, en lo que le ha parecido un siglo lleno de preparaciones, batas verdes y telas
—Trate de relajarse, pronto terminará todo.

Llovía cuando llegó al hospital y llueve todavía. Escucha una lluvia fuerte, constante y muy cerca, como si la estuviera mojando. Deben estar en el último piso. El ruido de la lluvia es más intenso que la música que escuchaba hace un momento. La ensordece. La asusta, siempre la ha asustado. Otro de los miedos irracionales de los que Él se burla tanto. Así ha vivido los últimos meses: ansiosa, asustada de no llegar al final, donde se encuentra ahora precisamente. Ese final que tanto la aterrorizaba… se ha convertido en una brutal paradoja como las que tanto le gusta leer.

— ¡Ya! ¡Ya casi! ¡Respire profundo!
Siente una presión asfixiante en el estómago, que la remueve por dentro. Un llanto tenue, entrecortado primero. Sollozante después, se convierte en gritos. Un llanto que le recuerda a un gato, como los que vagan por su casa en las noches. No es de ella. Ese ruido no salió de ella. Viene de esa otra que, hasta hace unos segundos, la habitaba. Instintivamente levanta la mirada y ve reflejada una carnicería en las gafas de Él mientras la toma de la mano. Sangre por todos lados. Rojo rodeado de verde. Detrás, en su mirada, una profunda ternura y un gran asombro. Otra paradoja. Ella no la olvidará nunca.

Ahí está. Su bebé. Su hija. Ese diminuto ser al que pensó que no llegaría a conocer. Un brazo velludo le acerca a la pequeña apenas envuelta en una tela verde. La desamarran para que pueda tocarla. Pasa su mano por el diminuto puño sollozante que parece gritar con la vida que se inaugura en ella. El brazo velludo acerca a la bebé a sus labios y ella besa su cabeza sin pelo, embarrada de una gelatina pegajosa color rojizo. Al pasar la lengua por los labios secos donde se unió a la bebé en un primer contacto íntimo, descubre que los restos del líquido en el que estuvo inmersa su hija durante nueve meses es sorprendentemente dulce. Se asombra de lo instintivo que es ese vínculo incipiente. Sabe que reconocería el olor y el llanto de su bebé entre muchos otros.

El brazo velludo se lleva a la niña. Él lo sigue apresuradamente. Otra vez el llanto parece invadirla. El suyo, el de dentro. Llanto de alivio, de gozo, de miedo, de anhelo por esa personita a la cual siente que pertenece por completo.

Y el final. Ese líquido amargo que su vientre aplastado ha guardado regresa invasivo, incontrolable. Se derrama sobre el médico que alarmado le dice que voltee la cabeza a la izquierda donde han colocado una fría palangana. La inyectan y el mundo se vuelve oscuro.

En la cama del hospital, atada todavía a los tubos y las sondas, la familia le dice que la niña es hermosa. Pequeña, diminuta. Parece una flor color de rosa. Con la cabeza redonda y calva. Y los labios rojos, como si se los hubieran pintado.

Quisiera correrlos a todos cuando la traen. Tiene hambre, mucha hambre. Hace casi dos días que no come. La bebé llora. ¿Tendrá hambre también? ¿Qué puede hacer ella para quitársela? Inconscientemente sabe que desde ahora su propia hambre ya no será lo primero. Sabe que lo dulce nunca sabrá tan dulce como ese primer beso que recordará para siempre.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Lo femenino

¿Qué es lo femenino? Muchos, sin duda, se han hecho esta pregunta. Freud, uno de tantos, dijo que era el "continente sin descubrir" y dejó a sus seguidoras (mujeres) la pregunta en el aire, para ser contestada por ellas.

Muchos psicoanalistas, hombres y mujeres, se han hecho la misma pregunta y han planteado diferentes respuestas. No es mi intención repasar ninguna. Hago esta pequeña introducción para hablar de lo infinítamente complejas que somos las mujeres.

Por supuesto que los hombres son también complejos. Pero, en la opinión de una servidora, las relaciones que establecemos las mujeres son muchísimo más complicadas que las que establecen los hombres.

Pienso en lo profundamente ambivalentes y contradictorias que somos. Por un lado somos críticas acérrimas unas de las otras. Por el otro, somos solidarias y nos hermanamos genuinamente.

Una vez escuche un chiste: Los reyes magos eran mujeres. Llegaron al pesebre, limpiaron, ordenaron. Ayudaron a María con el parto. Atendieron a los animales. Cocinaron. Cuando habían terminado se despidieron. Ya en el camino de regreso, conversaban entre ellas y decían: "¿Se fijaron en las sandalias de María? no pegaban en nada con el vestido... ¿Cómo pueden vivir con esos animales en su casa? El niño no se parece en nada a José... Me pregunto si me devolverán el tupper que les traje... ¿Virgen? ¡Por favor! si la conozco desde la universidad...

Así somos. Contradictorias y complicadas.

A mí me gusta esa contradicción. Me gustan todas las mujeres que caben en mí. Me gusta ser pareja de un hombre. Me gusta ser mamá de mis hijos. Me gusta ser psicoanalista. Me gusta ser hermana (si hermana) de mis amigas. Hija de mis padres. Y me encanta la libertad de la que ahora disfruto, que es producto de la lucha de muchas mujeres que me anteceden, sin las cuales, probablemente seguiría siendo una esclava con título de ama de casa.

Pero sobre todo, agradezco a las mujeres que me rodean con las cuales me he hermanado en muchos sentidos. La solidaridad que me han demostrado me conmueve. La maternidad es un pegamento que une más que cualquier cosa. Una vez que te conviertes en madre, no vuelves a ver a un niño de la misma manera. Si se enferma, piensas en lo que estará pasando su mamá. Si algún chiquito a tu alrededor trae mocos y te pide que se los limpies, lo haces pensando que alguien puede hacer lo mismo por uno de los tuyos cuando tú no estés. Cuidas niños ajenos, los alimentas, los llevas con su mamá. Porque los niños son de todas. En efecto, se necesita un pueblo para criar a un niño. Normalmente, el pueblo somos las mujeres.

La lucha por la libertad de las mujeres no ha terminado. Todavía hay mujeres en muchos países (en el nuestro, sin ir más lejos) que se encuentran esclavizadas por factores político-económicos, religiosos, ideológicos o discursos auto impuestos. Hay mucho por hacer, muchas batallas pendientes.

Lo femenino, en mi opinión, es un gran colectivo. Pero también un conjunto de individualidades y ambivalencias que coexisten sin estorbarse.

Gracias, de corazón, a mis hermanas las MUJERES.

martes, 3 de abril de 2007

Parecen hermanas....

Dicen por ahí, que una imagen vale más que mil palabras. Desde que nació Paulina (imagino que pasa igual con todos los niños) Todo mundo le encontraba parecido con Joaquín o conmigo. Mi mamá decía que era igualita a su padre y mi suegra decía que era igualita a mí. Quizá ambas lo decían por quedar bien una con la otra.

Lo cierto es que la gente que me conoce desde chica, cuando ve a mi hija me dice que es mi clon con ojos claros. Se las pongo. Ustedes decidan.

Más allá de parecernos físicamente, Paulina y yo nos parecemos en otras cosas. Vive en un mundo de fantasía del cual es difícil sacarla...igual que yo. Su mente la lleva por caminos complicados, igual que la mía. Las dos somos pésimas en las matemáticas y nos encantan las historias y los cuentos que siempre adornamos con cosas de nuestra cosecha.

Le cuesta trabajo hacer amigas. Igual que a mí a su edad. Quizá por vivir en la luna. Se sabe todos los anuncios y tiene una memoria fotográfica (para lo que le interesa), igual que yo.

En fin. Mi pequeña me enorgullece más allá de las cosas en que se parece a mí. Es generosa, creativa, ama la naturaleza y siempre es la voz de mi conciencia cuando tiro un papel en la calle.

Lo cierto es que ha madurado y se ha convertido en una casi-señorita que me mata con sus preguntas. Y cada día, parecida o no a mí, con sus cosas y las mías, el tiempo la va alejando y llevando por su camino.

Y mientras lo toma definitivamente y se convierta en una adolescente que se rebele contra todo lo que tiene de mí, voy abrazarla y comérmela a besos.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Little Miss... Spring



Hoy en la mañana, participé de un ritual en el que cada año desde que tengo hijos, no me ha quedado de otra que participar. Se trata del festival de la primavera. Este festival es tan cursi y me provoca tanta ambivalencia que, la verdad, no podía dejar de escribir acerca de él.

Cada año, se convoca a todas las niñas del jardín de niños de la escuela (más bien a sus mamas) a que concursen para "Reina de la Primavera". Así. Con mayúsculas. La afortunada ganadora de este singular concurso, tendrá el privilegio de sentarse en un trono por espacio de hora y media, mientras se sopla el primoroso festival (Poesía, canciones y bailes) que el resto de la escuela ha preparado para recibir la estación más florida del año. Lindo ¿no?.

Pero...¿qué tiene que hacer una niña para llegar a ser la afortunada "Reina de la Primavera"? ¿Tener buenas calificaciones? ¿Ser simpática? ¿Ayudar a los demás en sus tareas? O ya de perdis ¿Ser bonita?

Nooo. Lo que una pequeñita que quiere ser "Reina de la Primavera" debe de hacer es tener una mamá muy trabajadora o un papi con mucha lana. ¿Porqué? se preguntarán ustedes. Pues porque la niña que se corona como "Reina de la Primavera" es aquella que aporta más dinero.

El dinero que se junta, tanto de la niña ganadora como de las "princesas" que no logran tener el primer lugar, es donado a la escuela. Supuestamente se utiliza para mejoras de la institución; comprar material didáctico y todas esas cosas. Vayan ustedes a saber. A mí, cuando menos, nunca me han mandado una relación del uso que hace la institución con todo ese dinero, que no es poco ¿eh?.

Estoy muy contenta con la escuela. Mi hijo es feliz ahí. Tiene muchos amigos. Aprende muchas cosas. Habla buen inglés. Las maestras son personas realmente comprometidas con la educación. Es una institución ordenada. Tiene pocos alumnos, lo cual garantiza una enseñanza personalizada.

Es por eso que les perdono, cada año, este abominable evento. Y uso la palabra abominable porque me parece un mensaje nefasto el que hay detrás de toda la parafernalia. El hecho en sí de elegir una "Reina de la Primavera" me parece cursi. Pero lo que encuentro deplorable es que lo que las niñas son, lo que las niñas hacen, es completamente irrelevante para el concurso. El mensaje es muy claro. Mientras tu papi tenga lana o tu mami sepa venderse muy bien, ganarás.

También tu coronación dependará de las ganas que tenga tu mami de verte sentada en ese ridículo trono, encabezando el desfile. No importa que tú tengas muy pocas ganas de pasar horas sentada en el sol. Lo importante es que tus papis tengan muchas ganas de que lo hagas.

Y así llego al día de hoy. La "Reina" de este año estuvo vestida de raso y encaje. Su crinolina se oía hasta cuando los demás niños cantaban. Y cuando desfiló..." Su majestad, Berenice I, Reina de la Primavera del Instituto" sus papis la miraban con una mezcla de orgullo y auto complasencia, que daba risa. Toda la familia, desde la abuelita hasta las tías peinadas de salón, la acompañaron en este importante suceso de su vida. Digo, porque si a los cuatro años ya fuiste Reina ¿qué te queda por hacer?. La mamá era una mujer muy gorda, con un vestido de flores brillantes. El papá un señor cuarentón que traía una camisa de "spiderman" fosforecente.

Mientras veía todo el espectáculo, reprimiendo la risa, me preguntaba ¿Cuál es la motivación subyacente de los papas que someten a sus hijas a ésto? A mí mente vino esa genial película Little Miss Sunshine. Por un lado me parece que existe toda una tendencia, que llega a ser ideológica, de "agrandar" a las niñas. Nunca olvidaré el festival de jazz de mi sobrina, donde la maestra les decía a las niñas de seis años que se movieran más sexy.

Pero creo también que eventos como éstos son una muestra del gran vacío que vivimos como personas, y que se refleja en querer imponer los propios deseos sobre lo que realmente quieren nuestros hijos. Dudo mucho que una niña quiera ser "Reina de la Primavera" para pasarse cuatro horas acalorada, en un vestido que le pica, sonriendo para las fotos que toda la familia quiere tomar.

Una de las "princesas" de la coronación de hoy se la pasó llorando todo el festival. Yo pensaba "Sigue llorando, pequeña. Contágiales a las demás tu llanto. Demuéstrales a todos estos pelmazos lo ridículo que es este asunto" Pero no. Las demás niñas permanecieron sentaditas como robots, mientras ella se deshacía en llanto ante la mirada furibunda y acongojada de su mamá. Imagino que la pobre señora sentía que todo su trabajo no había valido de nada.

No puedo dejar de dar gracias a todos los santos de la primavera (y del verano) que este es el último año que Gerardo participa en este espantoso evento. Es sorprendente el lavado de cerebro que les hacen a todos los niños de la escuela. ¡Hasta quería vender limonada para apoyar a una de las candidatas de su salón!

Y, aunque estos eventos me revientan, no dejo de ser una mamá cursi que se emociona al ver a su hijo bailar (o cantar o recitar). Llevo también las cámaras de foto y de video y lo llevo listo con lo que me piden.
¿Qué puedo decir? Hasta el más chimuelo masca clavos. Y mientras él disfrute de todo ésto, pues yo lo acompañaré. El día que me diga que no se le pega la gana participar, dejará de hacerlo.

¡Qué dificil es no caer en las trampas paternas! Yo, aunque critico, debo confesar que no estoy libre de pecado.