martes, 4 de septiembre de 2007

Pasaje

Acostada boca arriba, con una sensación quemante en la garganta que llega a su boca dejando un sabor amargo, cierra los ojos ante una luz blanca que la deja ciega. El murmullo incesante de voces a su alrededor, como un panal de abejas zumbantes, la hacen desear que sus manos estén libres para taparse los oídos o cerrarlos igual que hace con sus párpados. Él le acaricia el pelo pegado por el sudor y el llanto.
—¿Estás bien?
Moqueando, asiente sin hablar. Sus manos amarradas a los lados, le recuerdan los cristos sangrantes en las iglesias de su infancia. No siente las piernas desde hace unos minutos. Tampoco percibe la pesadez de su vientre que empieza siempre como un ondulante balanceo, hasta terminar en una dureza dolorosa.

El médico dice que van a comenzar. El murmullo se transforma en música. Algún tipo de melodía instrumental que no conoce, o no recuerda. Su mente está embotada. La ansiedad y el llanto la invaden, sin dejar lugar para pensar en otra cosa. Otro zumbido. Mecánico esta vez. Y un olor desagradable…plumas quemadas, eso es.
—¿Qué me están haciendo?— Piensa casi en voz alta, como si pudiera gritar, como si su boca no estuviera cerrada en un tembloroso rictus para no llorar.
Como si adivinara la pregunta, una voz a su espalda explica:
—La están cauterizando, tienen que abrir muchas capas de piel y no queremos que pierda sangre.
Reconoce al médico que le insertó una aguja en la espalda cuando llegó al quirófano, en lo que le ha parecido un siglo lleno de preparaciones, batas verdes y telas
—Trate de relajarse, pronto terminará todo.

Llovía cuando llegó al hospital y llueve todavía. Escucha una lluvia fuerte, constante y muy cerca, como si la estuviera mojando. Deben estar en el último piso. El ruido de la lluvia es más intenso que la música que escuchaba hace un momento. La ensordece. La asusta, siempre la ha asustado. Otro de los miedos irracionales de los que Él se burla tanto. Así ha vivido los últimos meses: ansiosa, asustada de no llegar al final, donde se encuentra ahora precisamente. Ese final que tanto la aterrorizaba… se ha convertido en una brutal paradoja como las que tanto le gusta leer.

— ¡Ya! ¡Ya casi! ¡Respire profundo!
Siente una presión asfixiante en el estómago, que la remueve por dentro. Un llanto tenue, entrecortado primero. Sollozante después, se convierte en gritos. Un llanto que le recuerda a un gato, como los que vagan por su casa en las noches. No es de ella. Ese ruido no salió de ella. Viene de esa otra que, hasta hace unos segundos, la habitaba. Instintivamente levanta la mirada y ve reflejada una carnicería en las gafas de Él mientras la toma de la mano. Sangre por todos lados. Rojo rodeado de verde. Detrás, en su mirada, una profunda ternura y un gran asombro. Otra paradoja. Ella no la olvidará nunca.

Ahí está. Su bebé. Su hija. Ese diminuto ser al que pensó que no llegaría a conocer. Un brazo velludo le acerca a la pequeña apenas envuelta en una tela verde. La desamarran para que pueda tocarla. Pasa su mano por el diminuto puño sollozante que parece gritar con la vida que se inaugura en ella. El brazo velludo acerca a la bebé a sus labios y ella besa su cabeza sin pelo, embarrada de una gelatina pegajosa color rojizo. Al pasar la lengua por los labios secos donde se unió a la bebé en un primer contacto íntimo, descubre que los restos del líquido en el que estuvo inmersa su hija durante nueve meses es sorprendentemente dulce. Se asombra de lo instintivo que es ese vínculo incipiente. Sabe que reconocería el olor y el llanto de su bebé entre muchos otros.

El brazo velludo se lleva a la niña. Él lo sigue apresuradamente. Otra vez el llanto parece invadirla. El suyo, el de dentro. Llanto de alivio, de gozo, de miedo, de anhelo por esa personita a la cual siente que pertenece por completo.

Y el final. Ese líquido amargo que su vientre aplastado ha guardado regresa invasivo, incontrolable. Se derrama sobre el médico que alarmado le dice que voltee la cabeza a la izquierda donde han colocado una fría palangana. La inyectan y el mundo se vuelve oscuro.

En la cama del hospital, atada todavía a los tubos y las sondas, la familia le dice que la niña es hermosa. Pequeña, diminuta. Parece una flor color de rosa. Con la cabeza redonda y calva. Y los labios rojos, como si se los hubieran pintado.

Quisiera correrlos a todos cuando la traen. Tiene hambre, mucha hambre. Hace casi dos días que no come. La bebé llora. ¿Tendrá hambre también? ¿Qué puede hacer ella para quitársela? Inconscientemente sabe que desde ahora su propia hambre ya no será lo primero. Sabe que lo dulce nunca sabrá tan dulce como ese primer beso que recordará para siempre.

12 comentarios:

Miguel Cane dijo...

Qué estupendo relato, Viv.

Es natural, sin afectaciones, muy vívido, con sensaciones estremecedoras y todos los sentidos aplicados en favor de la narración.

Te felicito, poco a poco se va desarrollando este talento tuyo. Me gusta lo que leo y veo... creo que es magnífico. Enhorabuena!!!!

Ben dijo...

A mi también me ha gustado mucho. Aunque la verdad los partos siempre me han dado un raro no sé que. Jajaja.

Besos

Cuquita la Pistolera dijo...

Me encantó Viviana, detuviste en el tiempo un instante increíble de la humanidad.

Besos

Carlota dijo...

Que bonita manera de describir el nacimiento de un niño... el pensamiento de la madre...
Que bello, Vivi!!!!!!!
Mil besitos y gracias

Paxton Hernandez dijo...

Ojalá mi mamá también hubiera sentido tanta felicidad cuando nací. Sniff.

Jaja, no es cierto, estoy seguro de que se sintió radiante.

A mí también me gustó bastante tu post.

Saludos, Viv.

Daniel de Witt dijo...

El relato es excelente, vivo, casi que late.
Eso sí, ¡también me hizo reflexionar sobre lo afortunado que soy, ya que nunca tendré un parto!
Saludos.

Viviana dijo...

Miguelón: Gracias...por todo. Y por el título. Muchos besos.

Ben, Cuquita, Carlota y Paxton: Gracias por sus comentarios. Un pequeño homenaje a un momento que cambió mi vida.

Daniel: ¡Bienvenido!Que bueno que te gustó.

Viviana dijo...

Paxton:

Estoy segura de que tu mamá sintió la misma felicidad, cuando menos el mismo impacto...jeje

Saludos

Senses & Nonsenses dijo...

un gran texto, muy sentido.
lamentablemente algunos nunca podremos entender lo que significa ser madre.

un abrazo.

Fernando dijo...

Hola Vivi...!

Que narrativa, tan maravillosa, siempre un gusto venir.

una abrazo y saludos!

Viviana dijo...

Senses: Bienvenido y gracias por tu comentario. Yo creo que la maternidad pasa por muchas lugares a parte del cuerpo. Es algo que se construye dentro de un vínculo y se reinventa a diario.

Fernando: Gracias por tu visita. Te sigo leyendo.

Libradita dijo...

Viviana,, me gustó mucho tu post y además me sorprendió mucho porque (no es que sea copiona) pero pensaba escribir uno muy parecido el día del cumpleaños de mi hijo, me robaste las palabras, pero la emoción la compartimos.
Besos a tus hijos aunque los quieras regalar;)